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La Fuente de la Riqueza (Economía en Atlas – 1)

«Economía en La rebelión de Atlas» — por Richard Salsman

[Nota del autor: Este ensayo asume que el lector ha leído La rebelión de Atlas, pues revela parte de la trama.]

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[Nota del traductor: Publicamos la traducción al castellano en seis partes: 1) la fuente de la riqueza; 2) el papel del empresario; 3) la naturaleza del beneficio; 4) la esencia de la competencia; 5) el resultado de la producción; 6) el propósito del dinero.]

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La Economía es considerada hoy en día como algo seco, inanimado, aburrido; sin embargo, teniendo en cuenta lo que la Economía estudia, eso no debería ser así. La Economía estudia la producción y el intercambio de bienes materiales en una sociedad en la que existe la división del trabajo. Vivimos en un mundo material, producimos valores materiales para poder vivir y prosperar, e intercambiamos esos valores por valores producidos por otras personas,  con el fin de mejorar nuestras vidas. En otras palabras, la Economía estudia uno de los principales medios por los cuales la gente vive y alcanza la felicidad. ¿Por qué, entonces, hay tanta gente que piensa que esta ciencia es aburrida? Y ¿qué podría remediar la situación?

Las respuestas pueden ser vislumbradas comparando dos libros, cada uno de los cuales ha vendido millones de copias durante las últimas cinco décadas: «Atlas Shrugged» (La Rebelión de Atlas) de Ayn Rand (1957) y «Economics» (Economía) de Paul Samuelson (1948). El primero es una historia sobre el papel de la razón en la vida del hombre, y sobre qué pasa en una economía cuando los hombres de la mente hacen huelga; el segundo es el libro de texto de economía «por excelencia» de los siglos XX y XXI, y generalmente es de lectura obligatoria para estudiantes que se inician en esa materia (1). Aunque Atlas es una obra de ficción, y aunque Rand no era economista, su novela está repleta de verdades económicas. Por el contrario, aunque «Economics» es un libro de texto, y aunque Samuelson era economista (y además premio Nobel), su libro está lleno de falsedades económicas; y mientras que las verdades en Atlas están dramatizadas con pasión y con emoción, las falsedades en “Economics” son comunicadas con prosa inerte y aburrida (2).

Para que nadie piense que Atlas es más interesante que “Economics” simplemente porque los medios utilizados son diferentes – uno es ficción y el otro no – observemos que los trabajos de no ficción de Rand (y muchos otros ensayos de otros autores) son, con diferencia, mucho más interesantes que muchas obras de ficción. Por otro lado, está claro que el aburrimiento de la gente con la economía tampoco se debe exclusivamente al libro de Samuelson; pero su texto y los textos que han sido influenciados por él – que constituyen el enfoque moderno a esta materia — han contribuido muchísimo a la forma en que la economía es enseñada, y a cómo es considerada hoy.

Para ver la diferencia entre el enfoque moderno a la economía y el enfoque dramatizado en Atlas, analizaremos la esencia de cada uno de ellos con relación a seis áreas clave: la fuente de la riqueza, el papel del empresario, la naturaleza del beneficio, la esencia de la competencia, el resultado de la producción, y el propósito del dinero.

La fuente de la riqueza

Samuelson y sus colegas sostienen que la riqueza resulta esencialmente de aplicar el trabajo (el trabajo físico, manual, no el trabajo mental) a ciertas materias primas (o «recursos naturales»). Es la noción de que el valor económico de un bien o un servicio refleja el trabajo físico que fue empleado al fabricarlo o producirlo. Es lo que se conoce como la «teoría del valor-trabajo», y fue inicialmente expuesta por economistas clásicos como Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx (3).

Esa es la teoría generalmente aceptada hoy día, sobre todo por los grupos izquierdistas. A finales del siglo XIX, sin embargo, tratando de contrarrestar la creciente acusación marxista de que los trabajadores estaban siendo robados por los capitalistas codiciosos, algunos economistas de libre mercado modificaron esa teoría para alegar que «los deseos del consumidor» también determinan el valor, junto con el trabajo. Ese enfoque – conocido como la «economía neoclásica» – es ahora ampliamente aceptado, y es la opinión que generalmente presentan los libros de texto actuales.

Ayn Rand, en cambio, sostiene que la mente – el pensamiento humano y la inteligencia derivada de él – es la principal fuente de la riqueza. La mente, dice ella, determina no sólo el trabajo físico, sino también la organización de la producción; los «recursos naturales» no son más que riqueza potencial, no riqueza real, y los deseos del consumidor no son la causa de la riqueza, sino su resultado.

Cada uno de los grandes productores en Atlas – Hank Rearden, Dagny Taggart, Francisco D’Anconia, Ellis Wyatt, Ken Danagger, Midas Mulligan o John Galt – se dedica sobre todo y ante todo a usar su propia mente. Cada uno piensa, hace planes a largo plazo, y produce bienes o servicios como resultado. Atlas dramatiza este principio de muchas formas, pero quizás más vívidamente a través del trabajo de Rearden. En una escena, él está en su fábrica de acero contemplando el primer vertido del primer pedido de su nuevo y revolucionario metal. Dedica unos momentos a recordar y a reflexionar sobre los diez largos años de pensamiento y esfuerzo que necesitó para llegar a ese punto. Había comprado una fábrica en quiebra a pesar de que los expertos habían descartado tanto a la empresa como a la industria por carecer de futuro. Rearden le había insuflado nueva vida a ambas.

Rand escribe que «la suya era una vida vivida bajo el axioma de que el más constante, claro e implacable funcionamiento de su facultad racional era su principal deber» (p. 122). Y esta es una indicación del proceso de producción en su fábrica de acero: «Doscientas toneladas de un metal destinado a tener una dureza mayor que la del acero, un líquido fluyendo a una temperatura de cuatro mil grados, tenían el poder de destruir a todas y cada una de las paredes de la estructura y a aniquilar a cada uno de los hombres que trabajaban cerca de ese río. Pero cada centímetro de su recorrido, cada kilo de su presión, y el contenido de cada molécula en su interior estaban controlados y realizados por una intención consciente que había trabajado en ello durante diez años» (p. 34). Rand muestra que la mente de Rearden es la fuente de esta riqueza, y que el trabajo y los materiales había estado inactivos hasta que su mente entró en escena para trabajar.

Otros en Atlas expresan la misma opinión sobre el empresario. La esposa de Rearden desdeña sus logros: «Las actividades intelectuales no se aprenden en el mercado», le reprocha, «es más fácil verter una tonelada de acero que hacer amigos» (p. 138).

Un vagabundo en un restaurante acosa a Dagny Taggart con una actitud parecida: «El hombre es sólo un animal de bajo nivel, sin intelecto», gruñe, «su único talento es una astucia innoble para satisfacer las necesidades de su cuerpo. No se requiere inteligencia para eso. . . . Mira nuestras industrias – los únicos logros de nuestra supuesta civilización – construidas por vulgares materialistas con objetivos, intereses y sentido moral de cerdos» (p. 168).

¿Tal vez un economista sería capaz de reconocer la naturaleza de los logros de Rearden? Mientras el metal está siendo vertido, en un tren que pasa cerca de la fábrica un profesor de economía le pregunta a su compañero: «¿Qué importancia tiene un individuo comparado con los titánicos logros colectivos de nuestra era industrial?» (p. 33). Esa «importancia» está ocurriendo precisamente al otro lado de la ventana, pero él no la ve, conceptualmente hablando. Y los demás tampoco: «Los pasajeros no prestaron atención; una tanda más de acero que estaba siendo vertido no era un acontecimiento que les habían enseñado a apreciar» (p. 33). Profesores como ese les habían enseñado a no darle importancia ni prestarle atención.

Estas escenas muestran cómo la inteligencia crea la riqueza, cómo el éxito en los negocios implica un proceso de pensamiento y de planificación a largo plazo, ejecutados por un individuo enfocado… y lo poco que eso se entiende.

Pero Dagny sí lo entiende, como muestra la escena de su primer recorrido en la Línea John Galt. Viajando a velocidades sin precedentes sobre unas vías y un puente hechos del todavía no probado Metal Rearden, en la cabina de la locomotora donde también están Rearden y el maquinista Pat Logan, Dagny piensa: «¿Quién ha hecho posible que cuatro diales y tres palancas delante de Pat Logan puedan trasladar el increíble poder de los dieciséis motores detrás de ellos y ponerlo bajo el control sin esfuerzo de la mano de un solo hombre?» (p. 226). «Transmitir la violencia golpeadora de dieciséis motores, pensó, la potencia de siete mil toneladas de acero y de mercancías, soportarla, agarrarla y catapultarla alrededor de una curva, esa era la imposible hazaña realizada por dos tiras de metal no más anchas que su brazo. ¿Qué hacía eso posible? ¿Qué poder le había dado a una combinación de moléculas invisibles el poder del cual sus vidas y las vidas de todos los hombres que esperaban los ochenta vagones dependían? Vio el rostro y las manos de un hombre en el resplandor de un horno de laboratorio, inclinado sobre el blanco líquido de una muestra de metal» (p. 230). El hombre, por supuesto, es Rearden; su mente racional, no su trabajo manual, era el factor fundamental para formar y controlar la naturaleza, y para satisfacer las necesidades humanas.

A diferencia del profesor de economía, Dagny sí es consciente de ello y lo comprende. Ella se pregunta y responde a cuestiones que nunca se le habían ocurrido al académico. “¿Por qué había tenido siempre ese alegre sentido de seguridad cuando miraba a las máquinas? . . . Están vivas, pensó, porque son la forma física de acción de un poder viviente: de la mente que había sido capaz de captar la totalidad de esa complejidad, de establecer su propósito, de darle forma. . . . Le parecía que los motores eran transparentes y que estaba viendo la red de su sistema nervioso. Era una red de conexiones más intrincadas y más cruciales que todos sus cables y circuitos: las conexiones racionales hechas por la mente humana que había creado cualquier parte de ellos por primera vez. Están vivos, pensó, pero su alma opera por control remoto» (pp. 230-31).

Las máquinas funcionan, en última instancia, por las mentes de sus creadores, no por los músculos de sus operadores. La mente poderosa crea máquinas para extender y amplificar la potencia de músculos que sin ellas serían frágiles. Como John Galt expresa este punto: las máquinas son «la forma congelada de una inteligencia viva» (p. 979) (4).

Atlas ilustra este principio en varias ocasiones, tanto en la trama como en el diálogo. «¿Habéis indagado alguna vez el origen de la producción?”, les pregunta Francisco a espectadores indiferentes en una fiesta. «Mirad un generador eléctrico y atreveos a decir que fue creado por el esfuerzo muscular de brutos insensatos. Intentad hacer crecer una semilla de trigo sin el conocimiento que os dejaron los hombres que tuvieron que descubrirlo por primera vez. Tratad de obtener vuestro alimento sólo a base de movimientos físicos – y aprenderéis que la mente del hombre es la raíz de todos los bienes producidos y de toda la riqueza que haya existido jamás sobre la tierra.»(p. 383).

El filósofo Hugh Akston le dice a Dagny, «Todo trabajo es un acto de filosofía. . . . ¿La raíz del trabajo? La mente del hombre, señorita Taggart, la mente razonadora del hombre» (p. 681). El compositor Richard Halley le dice: «Se trate de una sinfonía o de una mina de carbón, todo trabajo es un acto de creación y proviene de la misma fuente: de una capacidad inviolable de ver a través de los propios ojos, lo que significa: la capacidad de realizar una identificación racional; lo que significa: la capacidad de ver, de conectar y de hacer lo que no había sido visto, conectado y hecho antes» (p. 722).

Cuando Dagny, en el valle, ve el edificio del generador de Galt, tenemos de nuevo la metáfora del cableado eléctrico y de las conexiones conceptuales: Dagny piensa en «la energía de una sola mente que había sabido cómo hacer que las conexiones eléctricas siguieran las conexiones de su pensamiento» (p. 674). Más tarde, Galt le da un significado más profundo a esa conexión: «Así como no puedes tener efectos sin causas, tampoco puedes tener riqueza sin su fuente: sin inteligencia». (p. 977).

El mito del libro de texto de que la riqueza puede obtenerse sin inteligencia queda dramatizado cuando el Estado se apodera del Metal Rearden para el supuesto “bien común”. El metal es rebautizado con el nombre de «Metal Milagro» y en lo sucesivo podrá ser legalmente fabricado por quien quiera hacerlo (p.519).

Rearden imagina a los parásitos esforzándose por manejar su creación. «Estaba viéndolos a través de los bruscos movimientos de un simio haciendo una rutina que había aprendido a copiar por hábito muscular, realizándola para fabricar el Metal Rearden, sin conocimiento y sin capacidad para saber qué había ocurrido en el laboratorio experimental a lo largo de diez años de dedicación apasionada a un penosísimo esfuerzo. Era apropiado que ahora lo llamaran «Metal Milagro” – “milagro” era el único nombre que podían darle a esos diez años y a la facultad de la cual el Metal Rearden había nacido – el producto de una causa desconocida, incomprensible. . .» (P. 519).

Recordemos al banquero en Atlas, nacido Michael Mulligan, que también es el hombre más rico del país. Un periódico dice que su sagacidad para invertir es comparable a la del mítico rey Midas, puesto que todo lo que toca se convierte en oro. «Es porque sé lo que tocar», dice Mulligan. Al gustarle el nombre de Midas, lo adopta. Un economista lo ridiculiza llamándolo un mero apostador. Mulligan responde: «La razón por la que nunca te harás rico es que crees que lo que hago es apostar». (p. 295).

Rand muestra que lo que Mulligan y los otros productores hacen no es apostar, sino observar la realidad, integrar y calcular; en una palabra: pensar.

Muchos manuales de economía insisten en que la riqueza puede ser obtenida por la fuerza, a través de un «poder de monopolio», de mandatos, o de políticas públicas «de estímulo». Pero Atlas muestra que la fuerza, al negar la mente, niega la creación de riqueza.

Como recordáis, un arsenal de controles estatistas le es impuesto a la producción, de los cuales el control más invasivo es la Directiva 10-289, que tiene como objetivo congelar todas las opciones y actividades de mercado para que la economía pueda «recuperarse». Francisco llama a la Directiva «una moratoria de cerebros», y cuando es aprobada, Dagny abandona su trabajo, negándose a trabajar como esclava o como capataz de esclavos. Del mismo modo, al enterarse que Ley de Igualdad de Oportunidades ha sido aprobada, Rearden introspecciona: «El pensamiento – se dijo suavemente a sí mismo – es un arma que uno usa para poder actuar. Ninguna acción era posible. El pensamiento es la herramienta a través de la cual uno elige una opción. No le quedaban más opciones válidas. El pensamiento establece el objetivo de uno y la forma de alcanzarlo. En una cuestión en la que veía su vida siendo desgarrada pedazo a pedazo, él no tendría ninguna voz, ningún propósito, ninguna opción, ninguna defensa» (p. 202). También él desaparece.

Más adelante, Galt explica: «No puedes forzar a la inteligencia a trabajar: los que son capaces de pensar no trabajarán bajo compulsión; los que lo hagan no producirán mucho más que el precio del látigo necesario para mantenerlos esclavizados» (p. 977). Poco después, unos matones capturan a Galt y tratan de reclutarlo para que se convierta en el dictador económico. Ellos lo consideran a él «el mejor organizador económico, el administrador de más talento, el planificador más brillante», y tratan de forzarle a usar sus habilidades para salvar al país de la ruina (p. 1033). Cuando es finalmente obligado a hablar, Galt les pregunta cuáles son los planes que ellos creen que debería presentar. Ellos se quedan sin palabras.

La premisa de los libros de texto de que una economía sin hombres pensantes funcionaría normalmente queda expresada por Ben Nealy, un contratista de la construcción que grita: «Músculos, señorita Taggart. . . músculos: eso es lo único que se necesita para construir cualquier cosa en el mundo» (p. 154). Dagny mira hacia un cañón entre las montañas y un lecho de río seco, lleno de piedras y troncos de árboles: «Se preguntó si rocas, troncos de árboles y músculos podrían alguna vez hacer un puente sobre ese cañón. Se preguntó por qué de repente se había puesto a pensar que cavernícolas habían vivido desnudos en el fondo de ese barranco durante siglos” (p. 155). Más tarde, durante su viaje en la Línea John Galt, Dagny reflexiona que si la inteligencia desapareciera de la tierra, “los motores se detendrían, porque ese es el poder que los mantiene funcionando: no el petróleo bajo el suelo bajo sus pies, el petróleo que se volvería a convertir en lodo primigenio; no los cilindros de acero que se convertirían en manchas oxidadas en las paredes de las cuevas de salvajes temblorosos, sino el poder de una mente viviente: el poder de pensar y decidir y actuar» (p. 231).

¿Qué apariencia presenta el trabajo sin mente? Más adelante en la historia, cuando fallan los interruptores de señales en la vía, Dagny visita la sala de mando y ve a trabajadores manuales en pie frente a estantes de cables complicados y de palancas que les rodean, «una enorme complejidad de pensamiento» que permitía que «el movimiento de una mano humana estableciera y garantizara el curso de un tren”. Pero ahora el sistema está inoperativo, y ningún tren puede entrar o salir de la terminal Taggart. «Los trabajadores pensaban que la contracción muscular de una mano era lo único necesario para mover el tráfico, y ahora los hombres de la torre estaban inactivos; y en los grandes paneles frente al director de la torre, luces rojas y verdes que se habían encendido y apagado anunciando el progreso de trenes a kilómetros de distancia eran ahora unas cuentas de vidrio, como las cuentas de vidrio por las que otro grupo de salvajes había vendido tiempo atrás la isla de Manhattan”. «Llame a todos sus trabajadores no cualificados», dice Dagny. «Vamos a mover los trenes, y vamos a hacerlo manualmente”. ¿Manualmente?» dice el ingeniero de señales. «¡Sí, hermano! Y ¿por qué debería sorprenderte? . . . El hombre es sólo músculos, ¿no? Estamos volviendo al pasado, al pasado en el que no había sistemas de interconexión, ni semáforos, ni electricidad; volviendo a la época en que las señales del tren no estaban hechas de acero y cables, sino de hombres empuñando faroles. Hombres físicos, sirviendo como faroles. Lo habéis proclamado durante mucho tiempo… habéis conseguido lo que queríais» (pp. 875-76).

Este principio se dramatiza más aún cuando los saqueadores políticos usurpan los campos de petróleo de Ellis Wyatt, el ferrocarril de Dagny, las fábricas de acero de Rearden, las minas de cobre de Francisco y las minas de carbón de Ken Danagger. Los saqueadores no consiguen hacer que las propiedades produzcan como lo hacían antes.

Nos damos cuenta que el pensamiento es necesario tanto para mantener sistemas complejos de riqueza como para crearlos.

En su discurso, Galt se dirige a los escritores de libros de texto: «… que al caníbal que gruñe que la libertad de la mente del hombre fue necesaria para crear una civilización industrial pero no es necesaria para mantenerla, se le dé una lanza y una piel de oso, no una cátedra en la facultad de Economía” (pág. 957).

Cuando la maquinaria de los productores se separa de la inteligencia de éstos y es abandonada a la ignorancia y los caprichos de la gente irreflexiva, el resultado es decadencia y destrucción.

Cuando la empresa Taggart Transcontinental le es dejada al incompetente y evasivo James Taggart – quien, en medio de emergencias acostumbra a gritar que los hombres no pueden permitirse «el lujo de pensar», y que no tiene tiempo para «teorizar sobre causas» o sobre el futuro – la compañía empieza a hundirse. Un relato altamente dramático de ese principio es el desastre del Túnel Winston, en el que una locomotora de carbón lanzando humo es enviada a través del túnel para satisfacer dictados burocráticos, y todos a bordo mueren. Cada uno de los implicados en esa estúpida decisión abdica de su responsabilidad. Cuando James Taggart oye la noticia, él evade su significado: «Era como si él estuviera sumergido en un mar de niebla, luchando para impedir que el desastre adquiriera forma final. Lo que existe posee identidad; él podía mantenerlo fuera de la existencia rehusándose a identificarlo. No examinó los eventos de Colorado; no intentó averiguar su causa, no consideró sus consecuencias. No pensó» (pág. 576-577).

Una de las víctimas perpetradora del desastre era «el hombre de la salita 2, coche número 9, un profesor de economía que abogaba por la abolición de la propiedad privada, explicando que la inteligencia no tiene ningún papel en la producción industrial, que la mente del hombre está condicionada por herramientas materiales, que cualquiera puede administrar una fábrica o un ferrocarril, y que es sólo cuestión de apoderarse de la maquinaria» (pág. 561).

Mientras los economistas modernos consideran que la causa de la riqueza es el trabajo manual o los deseos del consumidor o la coerción del gobierno, Ayn Rand dramatiza el hecho de que la riqueza es un producto de la mente, y que ésta no puede funcionar bajo coerción.

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Notas

1. Por supuesto que no todos los economistas están de acuerdo con todo lo expuesto en el libro de Samuelson (ni siquiera el propio Samuelson, autor de diecinueve ediciones del mismo), pero su texto es tan representativo de la opinión general de los economistas modernos como cualquier otro.

2. No era el objetivo de Rand el dar lecciones de economía en Atlas; sin embargo, como veremos, ella ingeniosamente concreta y dramatiza los principios económicos correctos.

3. Una primera versión de la teoría del valor-trabajo parece surgir en el capítulo 5 («Sobre la propiedad») del Segundo Tratado del Gobierno (1690) de John Locke (1632-1704), pero lo que escribe no especifica el trabajo manual exclusivamente, ni tampoco excluye el trabajo de la mente al determinar el valor.

4. Para una explicación técnica de esta idea de un economista profesional, véase Howard Baetjer, «El capital como Conocimiento Incorporado: algunas implicaciones para la teoría del crecimiento económico». Revista de la Economía Austriaca, vol. 13 (2000), pp 147-74.

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Richard Salsman es presidente de InterMarket Forecasting, Inc. una firma de consultoría en inversiones, con sede en Durham, Carolina del Norte, USA. Es autor de dos libros, seis capítulos y numerosos artículos sobre diversos aspectos de banca, economía y políticas públicas.

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Traducción: Objetivismo.org, con permiso del autor y de Craig Biddle, presidente de The Objective Standard

[Nota personal del traductor: Habiendo estudiado el libro «Economía» de Samuelson durante la carrera (y a pesar de haber sacado nota máxima en esa asignatura), confirmo que aprendí más economía en mi primera lectura de Atlas (en 1978) que en cinco años de facultad.]

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@lperezvAndalegrameldiaOmingodErickgodmino Autores de comentarios recientes
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Miguel
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Bueno habría que definir el término «explotar». Explotar significa extraer una utilidad económica de alguien o algo, o sea un beneficio material, y en ese sentido toda riqueza es producto de la explotación. Ahora bien, la justicia implica la obtención… Leer más »

godmino
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Pregunta recibida via el Newsletter SoyJohnGalt de GoogleGroups: «¿Sería justo lograr una riqueza explotando a la gente o haciendo negocios con personas que explotan a otras personas como Nike por ejemplo o los Gobiernos?»

Prosanatos
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«Este principio se dramatiza más aún cuando los saqueadores políticos usurpan los campos de petróleo de Ellis Wyatt, el ferrocarril de Dagny, las fábricas de acero de Rearden, las minas de cobre de Francisco y las minas de carbón de… Leer más »

Miguel
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Yo no llegaría al punto de leer antes a Reisman que a Mises, pienso que lo mejor es leer a Mises a la luz de Objetivismo. Pero fijaros una cosa, Mises con sentido común dice que los hombres pueden prescindir… Leer más »

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